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La imagen de la bruja

  • koraarteentrometid
  • 30 oct 2020
  • 4 Min. de lectura

Cualquier mujer nacida en el siglo XVI con un gran talento se hubiera vuelto loca, se hubiera suicidado o hubiera acabado sus días en alguna casa solitaria en las afueras del pueblo, medio bruja, medio hechicera, objeto de temor y burlas.

Virginia Wolf (Una habitación propia, 1929)



La Historia nos ha demostrado que los individuos que se han alejado de las prácticas y creencias consideradas normales o acertadas han sido marginados por la sociedad. Personajes extravagantes rechazados, perseguidos y aniquilados por jueces y verdugos. Si a esto le sumas que te tocó vivir en una época fervorosamente dirigida por figuras masculinas que no encuentran explicación a las malas cosechas y que encima (¡menuda putada!) naciste mujer, puedes resultar ser una bruja.


Las brujas han sido perseguidas, procesadas públicamente y ejecutadas durante siglos, especialmente en Europa Central desde el siglo XV al XVIII, al ser consideradas herejes del cristianismo. Los indeólogos de la imagen de bruja que nos ha llegado hasta la actualidad fueron la Iglesia y la Inquisición, apoyándose en publicaciones como la escrita por dos monjes dominicos en 1486 titulada Malleus Maleficarum (El martillo de los brujos). Libro que gozó de gran popularidad, siendo el segundo más vendido tras la Biblia durante la Edad Moderna, y que difundió por toda Europa la necesaria “Caza de Brujas”. La sociedad misógina consideraba a la mujer como a seres receptivos de la influencia del Demonio y que, por lo tanto, debían ser investigadas con mayor ahínco. Declaraciones atribuidas a unas brujas tolosanas del siglo XIV, tras interrogatorios no faltos de torturas, cuentan:


“Ana María de Georgel y Catalina, mujer de Delort, ambas de Toulouse y de edad madura, han dicho que desde hace unos veinte años se hayan afiliadas al innumerable ejército de Satanás, dándose a él, tanto en esta como en la otra vida. Que muy a menudo, han asistido al Sabbat (…) Allí se encontró con un macho cabrío al que saludó y al que se abandonó. El macho cabrío, a cambio, le enseñó toda clase de secretos maléficos.”


Ejecución en Baden. Wickiana (1585)


La iconografía de las brujas tiene su origen en las obras de Peter Brueghel el Viejo, modo de representación difundido a través de grabados publicados por Hieronymus Cock en una época de intensas persecuciones. Para que nos hagamos una idea, sólo en la ciudad de Brujas entre 1468 y 1687 se acusó de brujería a 130 personas. La principal acusación a la que se enfrentaban las brujas era de culto al Demonio, aunque también solían ser comunes las acusaciones de infanticidio o canibalismo. En los medios plásticos se representaban a las esposas del Demonio como a mujeres viejas y feas que podían tomar la forma de jóvenes seductoras. En muchas de las escenas se les atribuye el poder de volar solas, sobre demonios o ayudadas por escobas. Además, suelen estar acompañadas por gatos negros, sapos, ratas, serpientes, búhos o cuervos.



Hechicera maligna. Hans Baldung Grien (1510)


El conjunto de imágenes desagradables y tenebrosas revelan las frecuentes actitudes negativas hacia la mujer, obligada a seguir unos rígidos patrones de conducta que eludieran cualquier sospecha de ser afín al demonio. Incluso las imperfecciones, las discapacidades físicas y la avanzada edad las podían relacionar con poderes oscuros y dañinos para el resto de la sociedad.



Santiago en la cueva del brujo. Peter Brueghel el Viejo (1654)


Aunque nos hemos centrado en expresiones plásticas, es numerosa la literatura dedicada a la imagen de la bruja desde la Medea de Homero hasta los retratos humorísticos que traza Cervantes en El coloquio de los perros. Lo mismo hace Quevedo en el primer capítulo de El Buscón. En España se emplea el término “aquelarre”, de origen euskera, para denominar las reuniones satánicas hace referencia al macho cabrío negro de los Pirineos. Este animal se asocia a Satanás por sus pezuñas y cuernos. También al dios pagano Pan, símbolo del pecado para los cristianos por su tendencia lasciva. En estas reuniones las fuentes indican una fuerte carga sexual, con prácticas en absoluto recatadas desarrolladas en cuevas o bosques. Durante los siglos XVI y XVII se registraron en España muchos aquelarres, principalmente en el País Vasco, Islas Canarias y Cataluña. En el caso de Cataluña, se conoce el nombre y la vida de muchas mujeres acusadas, como Antonia Salamó y Joana Oliver en Granera, Margarita Font en Montseny, o Eulalia Olivos en Castellar del Vallés. Todas ellas fueron torturadas antes de confesar los hechos. Cuando no eran ahorcadas o quemadas podían ser obligadas al exilio.



El aquelarre. Francisco de Goya (1798)


Durante el Romanticismo las brujas no eran tratadas como a las ancianas desfiguradas del pasado. No se pretendía aleccionar al público con feas representaciones que muestren la maldad del interior de las figuras. En el siglo XIX las brujas se convierten en objeto de recreo estético y sensual. Ahora las mujeres representadas son misteriosas, oscuras, peligrosas, bellas y sensuales, tipología que más adelante se mantendrá en el cine y la televisión. Claro ejemplo es la siguiente pintura, donde el artista retrata a una hechicera rodeada de símbolos eminentemente literarios, como la marmita y la hoz, que evocan su carácter chamánico o druídico, o los cuervos.



The Magic Circle. John William Waterhouse (1886)


Ser miembro de la Iglesia no te eximía de poder ser objeto de investigación. Uno de los ejemplos más famosos es el caso de Santa Teresa de Jesús, mística procesada en más de una ocasión por la Santa Inquisición acusada de alumbrada, visionaria y profetisa. Marta Serna en una obra reciente nos acerca a esta icónica figura como una mujer eclesiástica transgresora, capaz de hablarnos desde la consciencia y ofrecer un saber alternativo al cristianismo canónico. Saberes ocultados a las mujeres, quienes quedaban alejadas de cualquier tipo de conocimiento no ligado a los deberes atribuidos a su género.



Levitación. Marta Serna (2019)


La misma artista, Marta Serna, retrata a la bruja actual. Poderosa, enérgica y rebelde, en compañía de sus semejantes, plantándose de manera firme antes lo que les ha tocado vivir. En la actualidad entendemos a las brujas como algo más allá de las terroríficas connotaciones que se les ha dado durante siglos. La brujería se entiende como algo más profundo que las supersticiones medievales, ahora es una forma de entender el mundo, ligándose incluso a movimientos religiosos neopaganos como la Wicca. Las brujas son utilizadas por movimientos feministas como modelos de mujeres fuertes e independientes, en definitiva, conscientes de su entorno y de sí mismas. Han despertado y hoy se levantan contra una sociedad intransigente que históricamente las convirtieron en chivos expiatorios de sus males y desgracias.



Witches. Marta Serna (2019)

 
 
 

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